🇧🇷 | 🇪🇸
Por: Paulo Ricardo Zargolin
Foi num fim de tarde qualquer, desses que esfriam sem pressa, que a cena se apresentou. À porta de um supermercado, observei um rapaz empurrando o carrinho de compras em direção ao hall de entrada. Mas, em vez de devolvê-lo ao local exato de onde viera — um recuo no interior da loja —, ele o deixou num ponto intermediário. Nem largado no meio do estacionamento, tampouco entregue ao destino final. Um meio do caminho, como se a boa intenção tivesse parado para tomar fôlego.
Lá atrás, junto ao carro da família, uma mulher segurava uma criança no colo. Os três, em silêncio, formavam uma pequena engrenagem de afeto e rotina. O gesto dele, embora incompleto, me provocou mais do que se tivesse sido perfeito. Havia ali uma hesitação — e toda hesitação é também uma fresta pela qual espreitam nossas intenções mais íntimas.
Será que, ao empurrar o carrinho até aquele ponto, ele quis aliviar o trabalho do funcionário responsável por recolher os carros de metal deixados por todos? Um pequeno aceno de solidariedade anônima? Ou pesou mais a vontade de voltar logo ao carro, ao calor da família, à urgência invisível dos compromissos e do frio que se anunciava?
Há bondades que não cruzam a linha de chegada. Começam com brilho, com desejo de acertar, mas sucumbem à lógica do instante. Falta de tempo, cansaço, distração… ou simplesmente a sensação de que metade já basta, afinal.
Mas será que basta?
Talvez aquela meia ação tenha, de fato, ajudado. Talvez o funcionário, ao recolher os carrinhos, tenha sorrido em silêncio por ver um deles mais perto da entrada. Ou, quem sabe, tenha bufado, pensando: “Mais um que não terminou o que começou.” Não saberemos.
O que sei é que fiquei ali parado por alguns segundos, pensando no quanto somos feitos dessas decisões miúdas. E no quanto revelamos de nós mesmos quando optamos por ir até o fim — ou não — em gestos que ninguém exigiu, mas que dizem tanto.
No fundo, talvez a sociedade se sustente mesmo assim: sobre as pernas bambas de nossas boas ações pela metade. E, quem sabe, seja exatamente por isso que ela continue claudicante.
La bondad a medias
Traducción al español por Paulo Ricardo Zargolin
Fue en un atardecer cualquiera, de esos que se enfrían sin prisa, cuando la escena se presentó. A la puerta de un supermercado observé a un muchacho empujando el carro de compras en dirección a la entrada. Pero, en vez de devolverlo al lugar exacto de donde había salido —un rincón dentro de la tienda—, lo dejó en un punto intermedio. No lo abandonó en medio del estacionamiento ni lo llevó a su destino final; se detuvo a medio camino, como si la buena intención hubiera parado para tomar aliento.
Detrás, junto al coche de la familia, una mujer sostenía a un niño en brazos. Los tres, en silencio, formaban un pequeño engranaje de afecto y rutina. El gesto del chico, aunque incompleto, me llamó más la atención de lo que lo habría hecho si hubiera sido perfecto. Había allí una vacilación, y toda vacilación es también una rendija por la que se asoman nuestras intenciones más íntimas.
¿Será que al empujar el carro hasta ese punto quiso aliviar el trabajo del empleado encargado de recoger los carros de metal que todos dejan? ¿Fue un pequeño saludo de solidaridad anónima? ¿O pesó más el deseo de volver rápido al coche, al calor de la familia, a la urgencia invisible de los compromisos y al frío que se acercaba?
Hay bondades que no llegan a la línea de meta. Empiezan con brillo, con el deseo de acertar, pero sucumben a la lógica del instante. Falta de tiempo, cansancio, distracción… o simplemente la sensación de que la mitad ya basta, al fin y al cabo. ¿Pero realmente basta?
Quizá esa media acción haya ayudado. Tal vez el empleado, al recoger los carros, sonrió en silencio al ver uno más cerca de la entrada. O, quién sabe, resopló pensando: «Otro que no terminó lo que empezó». No lo sabremos.
Lo que sí sé es que me quedé allí un momento, pensando en cuánto estamos hechos de decisiones diminutas y en cuánto revelamos de nosotros mismos cuando optamos por llegar hasta el final —o no— en gestos que nadie nos exigió, pero que dicen tanto.
En el fondo, quizá la sociedad se sostenga precisamente así: sobre las piernas temblorosas de nuestras buenas acciones a medias. Y, quién sabe, sea exactamente por eso que sigue caminando a trompicones.

